Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de la calle Pest. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.
Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada de sudor.
La luz nunca era muy fuerte en la calle Pest. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.
Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de la calle Pest. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.
Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego meció la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.
La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.
-¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? -me gritó.
-¿Un poco de qué? -grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.
-De carne en mal estado. Carne en descomposición.
-En este momento, no -contesté, preguntándome si no estaría bromeando.
-¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.
A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.
Mí curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.
Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.
Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.
Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de esas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.
La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.
-¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? -murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.
-Es usted muy amable -prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente-. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.
Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.
El último tramo de escalones daba a una alcoba decorada con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.
-Tenemos visita muy pocas veces -sonrió la mujer-. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.
Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.
-¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! -canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.
Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.
-Una acaba encariñándose con ellos -prosiguió la mujer-. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.
Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.
-Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.
Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención, entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.
La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes.
-Ese es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…
Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.
-¿Ethel? -preguntó con voz bastante débil-. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.
-Vamos, Laz; no empecemos -su voz era quejumbrosa-, no me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.
La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.
-Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? -de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.
-Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.
El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.
La mujer acercó tanto su cara a la mía que creía que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
-¿No quiere quedarse y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan solo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.
FIN
La ventana abierta
[Cuento - Texto completo.]
Saki
-Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho aplomo una señorita de quince años-; mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.
-Sé lo que ocurrirá -le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural-: te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.
Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.
-¿Conoce a muchas personas aquí? -preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.
-Casi nadie -dijo Framton-. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.
Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.
-Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió la aplomada señorita.
-Sólo su nombre y su dirección -admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.
-Su gran tragedia ocurrió hace tres años -dijo la niña-; es decir, después que se fue su hermana.
-¿Su tragedia? -preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.
-Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre -dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.
-Hace bastante calor para esta época del año -dijo Framton- pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?
-Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.
A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.
-Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre “¿Bertie, por qué saltas?”, porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana…
La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.
-Espero que Vera haya sabido entretenerlo -dijo.
-Me ha contado cosas muy interesantes -respondió Framton.
-Espero que no le moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton con animación-; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres ¿no es verdad?
Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.
-Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos -anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.
-¿No? -dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva… pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.
-¡Por fin llegan! -exclamó-. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?
Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.
En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: “¿Dime, Bertie, por qué saltas?”
Framton agarró de prisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque inminente.
-Aquí estamos, querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana-: bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?
-Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel -dijo la señora Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.
-Supongo que ha sido a causa del spaniel -dijo tranquilamente la sobrina-; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.
La fantasía sin previo aviso era su especialidad.
FIN
[Cuento - Texto completo.]
Saki-Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho aplomo una señorita de quince años-; mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.
-Sé lo que ocurrirá -le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural-: te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.
Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.
-¿Conoce a muchas personas aquí? -preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.
-Casi nadie -dijo Framton-. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.
Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.
-Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió la aplomada señorita.
-Sólo su nombre y su dirección -admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.
-Su gran tragedia ocurrió hace tres años -dijo la niña-; es decir, después que se fue su hermana.
-¿Su tragedia? -preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.
-Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre -dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.
-Hace bastante calor para esta época del año -dijo Framton- pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?
-Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.
A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.
-Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre “¿Bertie, por qué saltas?”, porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana…
La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.
-Espero que Vera haya sabido entretenerlo -dijo.
-Me ha contado cosas muy interesantes -respondió Framton.
-Espero que no le moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton con animación-; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres ¿no es verdad?
Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.
-Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos -anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.
-¿No? -dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva… pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.
-¡Por fin llegan! -exclamó-. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?
Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.
En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: “¿Dime, Bertie, por qué saltas?”
Framton agarró de prisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque inminente.
-Aquí estamos, querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana-: bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?
-Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel -dijo la señora Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.
-Supongo que ha sido a causa del spaniel -dijo tranquilamente la sobrina-; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.
La fantasía sin previo aviso era su especialidad.
FIN
El pagano
[Cuento - Texto completo.]
Jack LondonNos conocimos bajo los efectos de un huracán. Aunque los dos íbamos en la misma goleta, no me fijé en él hasta que la embarcación se había hecho pedazos bajo nuestros pies. Sin duda, lo había visto anteriormente con los demás marineros canacos, pero sin prestarle ninguna atención, cosa muy explicable, pues la Petite Jeanne rebosaba de gente. Había zarpado de Rangiroa con una dotación de once individuos -ocho marineros canacos y tres hombres de raza blanca: el capitán, el segundo y el sobrecargo-, seis pasajeros distinguidos, cada cual con su camarote, y unos ochenta y cinco que viajaban en cubierta y eran indígenas de las islas Tuomotú y Tahití. Esta muchedumbre de hombres, mujeres y niños llevaba consigo un número proporcionado de colchonetas, mantas y fardos de ropa.
La temporada perlera de Tuamotú había terminado y todos los que habían trabajado en ella regresaban a Tahití. Los seis pasajeros que disponíamos de camarote éramos compradores de perlas. Había entre nosotros dos americanos, un chino (el más blanco que he visto en mi vida) que se llamaba Ah Choon, un alemán y un judío polaco. Yo completaba la media docena.
La temporada fue tan próspera, que ni nosotros ni los ochenta y cinco pasajeros de cubierta teníamos motivos para quejarnos. Las cosas nos habían ido bien y todos estábamos deseando llegar a Papeete para descansar y divertirnos.
No cabía duda de que la Petite Jeanne iba excesivamente cargada. Sólo desplazaba setenta toneladas, y la cantidad de gente que llevaba a bordo era diez veces la que debía llevar. Las bodegas reventaban de copra y madreperla, y el cargamento había invadido incluso la cámara donde se efectuaban las transacciones comerciales.
Los marineros tenían que vencer grandes dificultades para realizar las maniobras: como en la cubierta no se podía dar un paso, tenían que subirse a las bordas y pasar por ellas. Por las noches pisaban los cuerpos, materialmente amontonados, de los que dormían, y a esto había que añadir los cerdos y las gallinas que correteaban por la cubierta, y además los sacos de ñame, las guirnaldas de cocos y los racimos de plátanos que se veían por todas partes. A una banda y a otra, entre los obenques de proa y los de la mayor, se habían tendido chicotes lo bastante bajos para que la botavara de mesana no los tocase al moverse, y de cada una de aquellas cuerdas pendían no menos de cincuenta racimos de plátanos.
La travesía se presentaba desagradable, aunque pudiéramos hacerla en sólo dos o tres días, que no necesitaríamos más si soplasen con fuerza los alisios del Sudeste. Pero estos alisios no soplaban con fuerza. A las cinco horas de viaje, el viento cesó por completo, después de lanzar una docena de soplos agónicos. La calma continuó durante toda aquella noche y al día siguiente. Era una de esas calmas resplandecientes y oleosas que hieren la vista hasta el extremo de producir dolor de cabeza.
Al otro día murió un hombre, un indígena de la isla de Pascua que se había distinguido entre los pescadores de perlas que aquella temporada habían buceado en la laguna. La enfermedad que lo mató fue la viruela, mal que no entiendo cómo entró en la goleta cuando en tierra, antes de zarpar de Rangiroa, no tuvimos un solo caso. Pero es lo cierto que la viruela ya estaba entre nosotros y había producido una muerte, contaminando, además, a otros tres pasajeros.
No se podía hacer absolutamente nada. No podíamos aislar a los enfermos ni cuidarlos. Íbamos como sardinas en lata. No teníamos más remedio que morirnos. Ésta fue nuestra única perspectiva desde la noche que siguió a la primera muerte. Aquella noche el segundo de a bordo, el sobrecargo, el judío polaco y cuatro pescadores de perlas indígenas huyeron en la ballenera grande. Nunca se volvió a saber de ellos. A la mañana siguiente, el capitán se apresuró a desfondar los botes que quedaban, y así estábamos.
Aquel día se produjeron dos defunciones más; al siguiente, tres; luego tuvimos ocho de golpe. Era curiosa la diversidad de nuestras reacciones. Los indígenas se hundieron en un temor apático y estoico. El capitán -se llamaba Oudouse y era francés- perdió el control de sus nervios y charlaba por los codos. Incluso tenía un tic. Era un hombre corpulento y mofletudo, que pesaba lo menos noventa kilos y no tardó en convertirse en una especie de montaña de grasa que temblaba como la jalea.
El alemán, los dos americanos y yo compramos todo el whisky escocés que había a bordo y permanecíamos en un continuo estado de embriaguez. En teoría, esta medida era perfecta. Estando empapados de alcohol como una esponja, todos los gérmenes de la viruela que establecieran contacto con nosotros quedarían inmediatamente hechos ceniza. Y el sistema dio resultado en la práctica, si bien debo confesar que el capitán Oudouse y Ah Choon tampoco fueron atacados por la epidemia, aunque el francés no probaba el alcohol y Ah Choon se limitaba a ingerir una copita diaria.
¡Bonita situación! El sol, que declinaba hacia el Norte, se proyectaba sobre nuestras cabezas. No se percibía ni un soplo de viento, pero de vez en cuando se alzaban rachas fortísimas que duraban de cinco minutos a media hora y terminaban con un verdadero diluvio. Después de cada chubasco, aquel sol abrasador salía de nuevo y hacía brotar nubes de vapor de la empapada cubierta.
Este vaho no me hacía ni pizca de gracia. Era el vapor de la muerte: transportaba millones y millones de microbios. Cuando lo veíamos desprenderse de los muertos y los moribundos, nos echábamos un trago, seguido, por regla general, de dos o tres copas de whisky casi puro. También nos acostumbramos a tomar una copa cada vez que lanzaban un muerto a los tiburones que rebullían alrededor de la goleta.
Al cabo de una semana de vivir bajo esta continua pesadilla, el whisky se terminó. Afortunadamente, porque, de lo contrario, yo ya no estaría vivo. Sólo teniendo la cabeza despejada se podía afrontar lo que vino después. El lector estará de acuerdo conmigo cuando conozca el pequeño detalle de que sólo dos hombres salieron con vida del trance. Uno fui yo, naturalmente, y el otro el Pagano, como oí que lo llamaba el capitán Oudouse en el momento en que por primera vez fijé la atención en aquel hombre. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Al finalizar aquella semana, cuando ya no nos quedaba ni una gota de whisky y todos los compradores de perlas estábamos serenos, eché una mirada casual al barómetro colgado en la escalera que conducía a mi camarote. En las Tuamotú señalaba normalmente 29’90, y también se consideraba normal que oscilase entre 29’85 y 30, e incluso 30’05. Pero verlo tan bajo como yo lo vi -marcaba 29’62- era algo que podía serenar en un instante al más embriagado traficante de perlas que haya podido ahogar microbios de viruela en whisky escocés.
Me apresuré a comunicárselo al capitán Oudouse y éste me respondió que hacía ya varias horas que estaba observando el descenso.
Poca cosa podíamos hacer, pero la hicimos a conciencia, en vista de las circunstancias. Oudouse mandó arriar las velas ligeras, dejando a la goleta con el trapo suficiente para capear el temporal; dispuso se tendieran cuerdas salvavidas y esperó a que el viento se levantase. Pero cuando éste empezó a soplar, Oudouse cometió la equivocación de ponerse a la capa con el aparejo de babor. Esta maniobra es ciertamente la adecuada para un barco que navega al sur del ecuador, pero no cuando la nave se encuentra, como ocurría a la nuestra, en plena ruta del ciclón.
Sí, el ciclón venía derecho hacia nosotros. Lo advertí al notar el aumento incesante de la fuerza del viento y el descenso igualmente continuo del barómetro. Yo habría corrido el temporal con el viento en la cuarta de babor, y sólo cuando el descenso del barómetro hubiera cesado, me habría puesto a la capa. Así se lo dije al capitán. Discutimos. Él se acaloró y no dio su brazo a torcer. Lo peor era que yo no podía conseguir que los demás compradores de perlas me respaldasen. ¿Cómo podía yo saber más sobre la mar y sus caprichos que un capitán de carrera? Así pensaban ellos, sin duda.
El mar se encrespó amenazadoramente al azote de aquel ventarrón, como era lógico. En mi vida olvidaré las tres primeras olas que saltaron sobre la Petite Jeanne. El barco desobedecía, como suele suceder cuando se va a la capa, y la primera ola produjo efectos devastadores. Los cabos salvavidas sólo tenían utilidad para los fuertes y los sanos, e incluso para éstos resultaron inútiles cuando las mujeres y los niños, los plátanos y los cocos, los cerdos y los hatillos, mezclados con enfermos y moribundos, fueron barridos como una masa compacta que chillaba y gemía.
La segunda ola llenó la cubierta de la Petite Jeanne hasta las bordas; y al hundirse su popa y alzarse su proa hacia el cielo, todo el mísero abarrote de seres humanos y bagajes se vertió por la popa, como un torrente humano. Aquellos infelices caían de cabeza, de pie, de costado, rodando, retorciéndose, serpenteando, debatiéndose… De vez en cuando, uno de ellos podía aferrarse a un candelero o a un cabo; pero el peso de los cuerpos que venían detrás lo obligaba a soltar su asidero.
Vi a un hombre con la cabeza atrapada entre las bitas de estribor, y esta cabeza se cascó como un huevo. Al darme cuenta de lo que se avecinaba, salté al techo del camarote, y de allí a la mayor. Ah Choon y uno de los americanos intentaron hacer lo mismo, pero ya no pudieron: el americano fue barrido por la ola y saltó por la amura de popa como una brizna de paja; Ah Choon se aferró a una cabilla del timón y se mantuvo asido a ella. Pero una rolliza vahine de Rarotonga, que debía de pesar más de cien kilos, fue arrastrada junto a él y le pasó un brazo por el cuello. Con la otra mano se cogió al timonel canaco, y, en aquel preciso instante, la goleta dio un bandazo a estribor.
La riada de cuerpos y de agua de mar que bajaba por el pasillo de babor, entre el camarote y la amura, se desvió súbitamente hacia estribor. Y allá fueron todos, arrastrando a la vahine, a Ah Choon y al timonel. Juraría que el chino me sonrió con filosófica resignación mientras su cuerpo saltaba por la borda y se hundía bajo las aguas espumantes.
La tercera ola, aunque fue la mayor de las tres, no causó tantos daños, pues cuando llegó casi todos estaban en el guarnimiento, aferrados al aparejo, a las jarcias o al cordaje. En cubierta quedaban quizás una docena de infelices medio ahogados y dando boqueadas, o arrastrándose, aturdidos, con el deseo de ponerse a salvo. Todos ellos saltaron por la borda con los restos de los dos botes que nos quedaban. Los traficantes de perlas que quedaban y yo, entre ola y ola, conseguimos meter a unas quince mujeres y niños en los camarotes y fijar los listones de los encerados de las escotillas. Pero esto sirvió de poco a aquellas pobres criaturas.
El vendaval era espantoso. Nunca hubiera creído que el viento pudiese soplar con tanta fuerza. No hay palabras para describirlo. No es fácil describir una pesadilla. Y en el mismo caso estaba aquel huracán. Nos arrancaba las ropas del cuerpo. Sí, nos las arrancaba. No pido al lector que me crea: me limito a referir algo que vi y experimenté. A veces incluso a mí me cuesta creerlo. En fin, el caso es que conseguí salir con vida. Parecía imposible que alguien saliera vivo de aquel huracán. Era algo monstruoso, y más monstruoso aún que fuera en aumento.
Imagínese el lector millones y millones de toneladas de arena. Imagínese después esta arena cruzando el espacio a ciento cincuenta, a ciento sesenta, a doscientos kilómetros por hora, e incluso más. Imagínese luego que esta arena es invisible, impalpable, pero que conserva todo el peso y toda la densidad de la arena. Imagínese todo esto, y tendrá una idea aproximada de lo que era aquel viento.
Tal vez la comparación resulte más exacta sustituyendo la arena por barro, un barro invisible, impalpable, pero con todo su peso. No, tampoco esto es exacto. Consideremos cada molécula de aire como un banco de lodo. Luego tratemos de imaginarnos los múltiples impactos de estas masas cenagosas. No, no soy capaz de describirlo. Las palabras tal vez sirvan para expresar los hechos normales de la vida, pero no es posible aplicarlas a aquel huracán apocalíptico. Debí atenerme a mi intención original de no intentar describirlo.
Diré únicamente esto: la mar, que al principio se había encrespado, terminó aplacada por el huracán. Es más, parecía que el vendaval había absorbido todo el océano para arrojarlo violentamente contra aquella porción del espacio que antes había estado ocupada por una porción de la atmósfera.
Por supuesto, hacía ya rato que nos habíamos quedado sin velas, pero el capitán Oudouse tenía a bordo de la Petite Jeanne algo que yo no había visto hasta entonces en ninguna goleta de las que navegaban por los mares del Sur: un ancla flotante. Era de lona, tenía la forma de un colador, y un enorme aro de hierro mantenía abierta su boca. El ancla flotante se lanza poco más o menos como una cometa y ofrece resistencia al agua del mismo modo que una cometa ofrece resistencia al viento. La única diferencia es que el ancla flotante permanece a flor de agua, en posición vertical. Un cabo de gran longitud la unía a la goleta. Gracias a este artilugio conseguimos mantener la Petite Jeanne proa al viento y al oleaje.
La situación hubiera sido francamente favorable de no habernos hallado en medio del camino de la galerna. Bien es verdad que el viento nos arrancó las velas de los tomadores, zarandeó terriblemente nuestros masteleros y nos hizo trizas el aparejo, pero aún hubiéramos salido airosos del trance si no hubiéramos estado en el centro del ciclón. Ésta fue nuestra sentencia de muerte. Yo había caído en un estado de aturdimiento, en una especie de colapso de confusión y paralización a causa de los embates del viento, y creo que ya estaba a punto de rendirme a la muerte cuando el centro del huracán cayó sobre nosotros. El golpe que recibimos consistió en un recalmón absoluto. No soplaba ni un hálito de aire. El efecto que esto nos produjo fue aterrador.
Recuerde el lector que llevábamos varias horas de espantosa tensión muscular, soportando la terrible presión de aquel viento. Y, de pronto, esta presión cesó. Me pareció que iba a estallar, que mi cuerpo iba a saltar a trozos en todas direcciones. Era como si todos los átomos que componían mi persona se repeliesen mutuamente y estuvieran a punto de desparramarse por el espacio. Pero esto sólo duró un momento. La destrucción se avecinaba.
Al faltar el viento y la presión, la mar se elevó, saltó materialmente hacia las nubes. Desde todos los puntos de la rosa de los vientos el huracán soplaba hacia aquel centro en calma, con furia incontenible, y esto dio lugar a que la mar se alzara por todas partes en aquella zona donde no había vientos que la contuvieran. Las olas subían como tapones de corcho desprendidos del fondo de una bañera, sin orden ni concierto, en una especie de loca danza. La menor de ellas alcanzaba veinticinco metros de altura. En realidad, no eran olas. No se parecían a nada conocido. Eran monstruosos surtidores de veinticinco metros de altura. ¿Veinticinco? Tal vez más. Aventajaban a nuestros masteleros. Eran trombas, explosiones, columnas de agua que parecían borrachas. Caían por todas partes, de cualquier modo. Chocaban y se zarandeaban mutuamente. Se abalanzaban una contra otra o se separaban como mil cataratas simultáneas. Aquel centro del huracán no se parecía a ningún océano conocido por el hombre. Era algo caótico, confuso hasta lo indescriptible…, la anarquía acuática, un trozo de mar endemoniado que se había vuelto loco.
¿Y la Petite Jeanne? No lo sé. El Pagano me dijo después que él tampoco lo sabía. La goleta fue abierta en canal, desgarrada, triturada, aniquilada. Cuando me di cuenta de lo que sucedía, me encontré en el agua, nadando maquinalmente, medio ahogado. No recuerdo cómo llegué adonde estaba. Recuerdo únicamente que vi saltar en pedazos a la Petite Jeanne en el instante mismo en que quedé inconsciente a consecuencia de los golpes y el zarandeo. Pero allí estaba, tratando de mantenerme a flote, aunque las perspectivas eran muy poco esperanzadoras. El viento se había levantado de nuevo, la mar estaba mucho menos encrespada y las olas eran más regulares. Por todo esto comprendí que habíamos salido del centro del ciclón. Por fortuna, no había tiburones en los alrededores. El huracán había diseminado la horda voraz que seguía al barco de la muerte para devorar los cadáveres que iban cayendo.
La Petite Jeanne debió de hacerse añicos alrededor del mediodía, y, aproximadamente dos horas después, tropecé, de improviso, con el cuartel de una escotilla. Entonces llovía a mares, y fue obra del azar que encontrase el cuartel de aquella escotilla. Del asidero de cuerda pendía un chicote. Comprendí que podría durar todo un día, suponiendo, claro es, que los tiburones no volviesen. Tres horas después, o tal vez un poco más, cuando me hallaba junto al madero con los ojos cerrados, poniendo toda mi alma en el empeño de llevar suficiente aire a mis pulmones, ya que de ello dependía mi vida, y procurando al mismo tiempo no tragar demasiada agua para no ahogarme, me pareció oír voces. Había cesado la lluvia, el viento amainaba y en el mar empezaba a reinar una calma magnífica. A menos de seis metros, asidos a otro cuartel de escotilla, estaban el capitán Oudouse y el Pagano. Luchaban por la posesión del madero. Cuando menos, esto era lo que hacía el francés.
– Pdien noir! -le oí gritar y, al mismo tiempo, vi que asestaba un furioso puntapié al canaco.
El capitán Oudouse había perdido todas sus ropas. Sólo conservaba el calzado, unas botas bastas y recias. Por lo tanto, el golpe fue cruel. Alcanzó al Pagano en la boca y el mentón, y lo aturdió momentáneamente. Yo esperaba que replicaría al ataque, pero se limitó a alejarse, con gesto desolado, para permanecer a la prudente distancia de tres metros. Cada vez que un movimiento de la mar ponía al Pagano a su alcance, el francés, aferrándose con las manos al madero, lo golpeaba con los dos pies, y lo llamaba «pagano negro».
-¡Por menos de cinco céntimos te ahogaría, animal blanco! – le grité sin poder contenerme.
Si no puse en práctica esta amenaza, fue por el tremendo cansancio que sentía. La simple idea de ir nadando hasta él me producía náuseas. Así, pues, llamé al canaco y compartí con él mi madero. Entonces él me dijo que se llamaba Otoo. También me explicó que era natural de Borabora, la isla más occidental del archipiélago de la Sociedad. Más tarde supe que él fue el primero en encontrar el madero flotante. Poco después había visto al capitán Oudouse y le había llamado para repartirse con él el asidero y el francés se lo agradeció apartándolo a puntapiés.
Así fue como Otoo y yo nos conocimos. Él no tenía espíritu combativo. Por el contrario, era todo dulzura y amabilidad, un hombre lleno de simpatía, aunque medía casi un metro ochenta y tenía la musculatura de un gladiador. No era pendenciero, pero esto no quiere decir que fuese un cobarde. Tenía el arrojo de un león. En los años siguientes le vi correr riesgos que yo no me habría atrevido a afrontar. En resumidas cuentas, que si bien no era de carácter belicoso y rehuía las peleas, nunca se hacía el desentendido cuando tenía que afrontarlas forzosamente. Sólo se lanzaba a la lucha cuando era verdaderamente necesario. Nunca olvidaré lo que le hizo a Bill King. Ocurrió en la Samoa alemana. Bill King era el campeón de los pesos pesados de la armada norteamericana. Era un verdadero bruto, un gorila, un tipo duro de los que pegan con intención de hacer daño, y que, además, manejaba con destreza los puños. Un día que buscaba camorra hubo de dar dos puntapiés y un puñetazo a Otoo antes de que éste considerase que no había más remedio que luchar. La contienda duró cuatro minutos escasos. Al final de ella, Bill King era el desdichado propietario de cuatro costillas rotas, un antebrazo fracturado y una paletilla dislocada. Otoo no sabía una palabra de boxeo científico, pero sí cómo debía atacar a su adversario. Bill King tardó cosa de tres meses en reponerse de la lección que recibió aquella tarde en la playa de Apia.
Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Decía que ofrecí a Otoo una parte de mi tabla de salvación. Empezamos a hacer guardias por turnos. Mientras uno descansaba tendido sobre el madero, el otro permanecía asido a él y hundido en el agua hasta el cuello. Durante dos días con sus noches, pasando del agua al madero y del madero al agua, fuimos a la deriva por el océano. Últimamente, yo deliraba casi de continuo, y, a veces, oía que también Otoo profería palabras incoherentes en su idioma natal.
Nuestra continua inmersión nos evitó morir de sed, aunque el agua de mar y los ardientes rayos del sol constituyeron una infernal combinación de fuego y salmuera.
Finalmente, Otoo me salvó la vida. Cuando recobré el conocimiento me vi tendido en una playa, a seis metros del agua, protegido del sol por dos hojas de palmera. Solamente Otoo había podido arrastrarme hasta allí y prepararme aquella sombrilla. Le vi tendido a mi lado. Volví a desmayarme y cuando recuperé nuevamente el conocimiento, noté fresco y vi la noche estrellada sobre mi cabeza, mientras Otoo aplicaba un coco partido a mis labios para que bebiese.
Éramos los únicos supervivientes de la Petite Jeanne. El capitán Oudouse debió de perecer agotado, pues unos días después su madero fue arrojado a la playa por el oleaje. Otoo y yo vivimos con los indígenas del atolón durante una semana. Luego fuimos rescatados por un crucero francés, que nos llevó a Tahití. Pero antes habíamos realizado la ceremonia del cambio de nombres. En los mares del Sur esta ceremonia establece entre dos hombres vínculos más estrechos que los de sangre. La iniciativa fue mía, y Otoo mostró un entusiasmo indescriptible cuando se lo propuse.
-Es una gran idea -dijo en tahitiano-. Hemos sido compañeros durante dos días en la misma boca de la muerte.
-Pero la muerte tartamudeaba -le dije, sonriendo.
-Hiciste algo magnífico, patrón -me contestó-, y la muerte no cometió la vileza de hablar.
-¿Por qué me llamas «patrón»? -le pregunté, contrariado-. Hemos cambiado nuestros nombres. Para ti, yo soy ahora Otoo; para mí tú eres Charley. Y entre tú y yo, para siempre jamás, tú serás Charley y yo seré Otoo. Es una ley de los mares del Sur. Y cuando muramos, si seguimos viviendo más allá de las estrellas y del cielo, tú seguirás siendo Charley para mí y yo seguiré siendo Otoo para ti.
-Sí, patrón -respondió él, mientras sus ojos luminosos brillaban de ternura y de alegría.
-¡Ya lo has vuelto a decir! -exclamé, indignado.
-¿Qué importa lo que digan mis labios? -repuso él-. No son más que mis labios los que lo dicen. Yo siempre diré Otoo con el pensamiento. Cada vez que piense en mí, pensaré en ti. Cada vez que me llamen por mi nombre, pensaré en ti. Y más allá del cielo y las estrellas, para siempre jamás, tú serás para mí Otoo. ¿Te parece bien, patrón?
Tratando de disimular una sonrisa, le contesté que me parecía bien.
En Papeete nos separamos. Yo me quedé en tierra para reponer mis fuerzas y él se fue en un cúter a su isla natal, Borabora. Seis semanas después estaba de vuelta. Esto me sorprendió, porque me había hablado de su mujer y comunicado su intención de permanecer a su lado y dejar de navegar.
-¿Adónde vas, patrón? -me preguntó cuando nos hubimos saludado.
Yo me encogí de hombros. La pregunta era peliaguda.
-Por todo el mundo -respondí-, por todo el mundo; por toda la mar y por todas las islas que hay en la mar.
-Te acompañaré -dijo sencillamente-. Mi mujer ha muerto.
Yo no he tenido hermanos; pero, por lo que he visto de los hermanos que tienen los demás hombres, dudo que nadie haya tenido jamás un hermano que fuese para él lo que Otoo fue para mí. Era hermano, padre y madre, todo en una pieza. Y puedo asegurar que me convertí en un hombre mejor y más honrado, gracias a Otoo. Me importaba muy poco la opinión ajena, pero quería portarme bien a los ojos de mi amigo. Por él, no me atrevería a envilecerme. Otoo había hecho de mí su ideal, componiéndome y adornándome según le dictaba su devoción y su amor fraternal. Más de una vez estuve a punto de hundirme en el cieno y, al pensar en Otoo, me contuve. Él estaba orgulloso de mí, y este orgullo se me había contagiado hasta el extremo de que no defraudarle se convirtió en una de mis principales normas de conducta.
Naturalmente, yo no conocí en seguida los sentimientos que lo inspiraba, pero al advertir que nunca me censuraba, ni me contradecía, poco a poco fui comprendiendo el alto concepto en que me tenía y el daño que le haría si no me esforzaba por no defraudarlo.
Estuvimos juntos diecisiete años. Sí, durante diecisiete años lo tuve a mi lado, velando mi sueño, cuidando de mí cuando la fiebre me dominaba o me habían herido, e incluso recibiendo heridas para defenderme. Se enroló en los mismos barcos que yo, y ambos recorrimos el Pacífico desde Hawai hasta Punta Sidney y desde el estrecho de Torres a las Galápagos. Fuimos en barcos de negreros desde las Nuevas Hébridas y las islas de la Sonda hacia el Oeste, atravesando las Lusíadas, Nueva Bretaña, Nueva Irlanda y Nuevo Hanover. Naufragamos tres veces: en las Gilbert, en el archipiélago de Santa Cruz y en las Fiji. Y comerciamos y ahorramos allí donde se podía hacer un dólar traficando con perlas, nácar, copra, trepang, carey y pecios embarrancados.
La cosa empezó en Papeete, inmediatamente después de manifestarme Otoo su deseo de acompañarme por los siete mares y sus islas. En aquellos días había en Papeete un casino donde se reunían los traficantes de perlas, los mercaderes, los capitanes de barco y toda la escoria de aventureros de los mares del Sur. En aquel mismo casino se jugaba fuerte y el alcohol corría a raudales; y yo me acostumbré a permanecer en el local hasta una hora avanzada de la noche, hasta mucho más tarde de lo conveniente. Pero, fuera cual fuere la hora en que salía, siempre encontraba a Otoo esperándome a la puerta para acompañarme a casa y dejarme en ella sano y salvo.
Al principio me limitaba a sonreír, pero después lo reprendí, y terminé por decirle lisa y llanamente que no necesitaba niñera. Después de esto ya no volví a tropezarme con él en la puerta del casino. Por pura casualidad, cosa de una semana después, descubrí que me seguía hasta la casa, deslizándose entre las sombras de los mangós para que no lo viese. ¿Qué podía hacer? He aquí lo que hice:
Sin darme cuenta, empecé a llevar una vida más regular, a volver a casa a una hora más prudente. Las noches en que llovía o había tormenta, por muchos esfuerzos que hiciera para divertirme, la idea de que Otoo estaba esperándome, empapado y rendido, bajo los mangós chorreantes, no se apartaba de mí. Indudablemente, hizo de mí un hombre mejor. Me regeneré. Sin embargo, ni tenía nada de mojigato ni -esto menos aún- conocía la moralidad cristiana al uso. En Borabora todos eran cristianos; pero él era pagano, el único ateo de la isla, un grosero materialista que consideraba que cuando muriese quedaría muerto y nada más. Únicamente creía en el juego limpio y en la honradez. El hurto y el engaño, por insignificantes que fuesen, eran para él algo casi tan grave como el homicidio deliberado, e incluso me atrevería a decir que sentía más respeto por un asesino que por un rufián.
No le gustaba que hiciese cosas que pudieran perjudicarme. El juego le parecía bien -él era un jugador empedernido-, pero no acostarse tarde, pues, según me explicó, era malo para la salud. Había visto morir abrasados por la fiebre a hombres que llevaban mala vida. No era un abstemio y se bebía una copa de buen grado cuando había que hacer maniobras a bordo con tiempo borrascoso, pero preconizaba la moderación en la bebida, pues había visto a demasiados hombres que morían o enfermaban por abusar del vino o del whisky.
Todo lo relacionado con mi bienestar le preocupaba. Preveía todas mis acciones, consideraba mis planes y ponía más interés en ellos que yo mismo. Al principio, cuando yo no me había dado cuenta aún del interés que sentía por mis cosas, llegaba incluso a adivinar mis intenciones. Así ocurrió cuando acaricié la idea de formar sociedad con un bribón, paisano mío, al que conocí en Papeete, para cierto negocio de guano. Entonces yo no sabía que aquel hombre era un bribón. Ni yo, ni ningún blanco de Papeete. Tampoco lo sabía Otoo. Pero cuando vio que me iba a asociar con él, lo averiguó, sin que yo se lo pidiese. A Tahití van a parar marineros procedentes de todos los confines del mundo. Otoo, que al principio sólo abrigaba ciertas sospechas, se mezcló con ellos y así pudo reunir una serie de datos que confirmaban sus sospechas. ¡Menudo pájaro estaba hecho el tal Randolph Waters! Apenas podía creer lo que Otoo me contó, pero cuando se lo referí al propio Waters, él se calló como un muerto y se fue en el primer vapor que zarpó hacia Auckland.
Al principio, lo confieso, me molestaba que Otoo se entrometiese en mis asuntos. Pero sabía que obraba con absoluto desinterés, y no pasó mucho tiempo sin que tuviese que agradecerle su prudencia y su discreción. Siempre estaba alerta, al acecho de lo más conveniente para mí, y era un hombre de visión penetrante y espíritu previsor. Andando el tiempo, se convirtió en mi consejero, y llegó a estar más enterado que yo de mis asuntos. A decir verdad, velaba por mis intereses con más celo que yo mismo. Yo vivía con la magnífica despreocupación de la juventud, pues prefería la vida novelesca a los dólares, y la aventura a un buen empleo y a pasar las noches en casa. Fue una suerte, pues, tener a alguien que velase por mí. Estoy convencido de que si no hubiese existido Otoo yo no estaría donde estoy.
He aquí un ejemplo: Antes de dedicarme al comercio de perlas en las Tuamotú, yo había navegado en algunos barcos negreros. Otoo y yo estábamos en la playa de Samoa, con los bolsillos vacíos, cuando se me presentó la ocasión de embarcar como reclutador en un negrero. Otoo se enroló conmigo en el bergantín, y durante los seis años siguientes, en los que cambiamos otras tantas veces de barco, recorrimos las regiones más salvajes de la Melanesia. Otoo consiguió siempre ir como primer remero en el bote que me transportaba a tierra. Nuestro sistema para reclutar mano de obra consistía en desembarcar al reclutador en la playa. El bote de cobertura siempre se quedaba a unos centenares de metros de la orilla, mientras el bote del reclutador, parado también, se mantenía muy cerca de ella. Cuando yo desembarqué con mis baratijas, fondeando el remo largo y pesado que me servía para gobernar el bote, Otoo abandonó su posición de bogavante y pasó a las escotas de popa, donde teníamos un Winchester oculto por una lona. La tripulación del bote iba también armada, con los Snider ocultos bajo una lona que corría por toda la regala. Mientras yo discutía con los caníbales de cabeza lanuda, tratando de convencerlos de que fuesen a trabajar a las plantaciones de Queensland, Otoo se mantenía alerta. Y, de vez en cuando, me anunciaba en voz baja movimientos sospechosos y traiciones inminentes. Su primera advertencia solía ser el rápido disparo de su rifle. Y cuando yo corría hacia el bote, siempre encontraba su mano amiga para izarme a bordo de un tirón. Recuerdo que una vez, cuando navegábamos en el Santa Ana, apenas llegó el bote a la orilla empezó el jaleo. El bote de protección acudió presuroso en nuestra ayuda, pero los salvajes, que eran varias docenas, nos hubieran liquidado antes de que llegaran nuestros amigos. Otoo saltó como una flecha a la playa, introdujo sus dos manos en el montón de baratijas y lanzó en todas direcciones el tabaco, las cuentas de vidrio, las hachas, los cuchillos, las telas de percal…
Los indígenas no pudieron menos de arrojarse sobre aquellos tesoros, y nosotros tuvimos tiempo para empujar el bote mar adentro, saltar a él y alejarnos más de diez metros de la playa. Además, en las cuatro horas siguientes, conseguí reclutar treinta negros en aquella misma playa.
El caso que menos puedo olvidar sucedió en Malaita, la isla más salvaje del grupo oriental de las Salomón. Los indígenas nos habían dado grandes muestras de amistad. ¿Cómo podíamos saber que todo el poblado llevaba más de dos años haciendo una colecta para comprar la cabeza de un hombre blanco? Aquellos salvajes son cazadores de cabezas, y las de los blancos tienen para ellos gran valor. El que consiguiese capturar una cabeza blanca recibiría el producto íntegro de la colecta. Como digo, se mostraban muy cordiales cuando yo estaba traficando en la playa, a más de cien metros del bote.
Otoo ya me había advertido y, como siempre que no le hacía caso, después tuve que arrepentirme.
Cuando menos lo esperaba, una nube de lanzas salió de la ciénaga de mangles en dirección a mí. Lo menos una docena de ellas se clavaron en mi cuerpo. Eché a correr, pero me enredé con una que se me había hincado profundamente en la pantorrilla y caí. Los salvajes corrieron en tropel hacia mí, armados con hachas de largo mango y hoja en forma de abanico, con las que se proponían cortarme la cabeza. Estaban tan ansiosos de ganar el premio, que se empujaban y se cerraban el paso unos a otros. En la confusión reinante evité varios hachazos hurtando el cuerpo a derecha e izquierda sobre la arena.
Entonces llegó Otoo, el que tan bien sabía entendérselas con los enemigos. Se había procurado no sé cómo una pesada maza de hierro, que para la lucha cuerpo a cuerpo resultaba un arma mucho más eficaz que el rifle. Se introdujo en el grupo de salvajes. Así, éstos no podían utilizar contra él sus lanzas y, menos todavía, sus hachas. Otoo luchaba por mí, y un frenesí espantoso lo poseía. ¡Había que verle manejar la maza de guerra! Con sus molinetes partía los cráneos como si fuesen naranjas maduras. Al fin los obligó a retroceder. Entonces me cogió en brazos y echó a correr hacia el bote. En este momento recibió sus primeras heridas. Llegó al bote con cuatro lanzas clavadas en el cuerpo. Pero echó mano de su Winchester y abatió tantos hombres como disparos hizo. Entonces regresamos a la goleta, donde nos asistieron.
Diecisiete años estuvimos juntos. Yo soy obra suya. De no haber existido él, hoy sería yo un sobrecargo, un reclutador de negros o un simple recuerdo.
-Ahora gastas el dinero y después puedes ganar más -me dijo un día-. Es fácil para ti ganar dinero ahora. Pero cuando te hagas viejo, ni tendrás dinero ni podrás ganarlo. Estoy seguro, patrón. He observado las costumbres de los hombres blancos. En las playas hay muchos viejos que antes fueron jóvenes y que ganaban el dinero como lo ganas tú. Pero ahora son viejos, no tienen nada y esperan que los jóvenes como tú bajen a tierra para que los inviten a una copa. El negro trabaja como esclavo en las plantaciones. Le dan veinte dólares al año y trabaja mucho. El capataz no trabaja tanto. Va montado a caballo y vigila a los negros mientras trabajan. Gana mil doscientos dólares al año. Yo soy marinero en la goleta. Gano quince dólares al mes. Los gano porque soy un buen marinero y trabajo mucho. El capitán tiene un buen camarote y bebe cerveza en largas botellas. Yo nunca lo he visto tirar de un cabo ni manejar un remo. Gana ciento cincuenta dólares mensuales. Yo soy un marinero. Él es un marino. Patrón, creo que te convendría estudiar el arte de navegar.
Otoo no cejó hasta que lo hice. Navegó conmigo como segundo de a bordo en la primera goleta que mandé y se enorgullecía de mi mando mucho más que yo. Más adelante me dijo:
-El capitán tiene una buena paga, patrón, pero el barco está a su cargo y él nunca está libre de cuidados. El dueño del barco gana más…, el dueño, que se queda en tierra entre sus criados, y se limita a invertir su dinero.
-De acuerdo, pero una goleta vale cinco mil dólares -objeté -. Es más, por ese precio sólo se puede comprar un barco viejo y desvencijado. Cuando consiga tener ahorrados cinco mil dólares, ya seré viejo.
-Los hombres blancos pueden reunir dinero rápidamente -dijo Otoo, señalando la playa bordeada de cocoteros.
En aquel entonces nos hallábamos en las Salomón, embarcando un cargamento de marfil vegetal en la costa este de Guadalcanal.
-Entre la desembocadura de este río y la del siguiente hay más de tres kilómetros -prosiguió Otoo-. El terreno es llano hasta muy al interior. Ahora no vale nada. El año que viene, o el otro, ¿quién sabe?, estos terrenos subirán mucho. El fondeadero es bueno. Los grandes vapores pueden acercarse bastante a tierra. Podrías comprar el terreno, una faja de más de seis kilómetros de ancho y que vaya de río a río. El viejo jefe te lo vendería por diez mil pastillas de tabaco, diez botellas de ron y un Snider, que te costará cien dólares a lo sumo. Luego registras la escritura ante el comisario, y el año que viene o el otro, lo vendes y ganarás dinero suficiente para comprar un barco.
Seguí estas indicaciones y sus predicciones se cumplieron, aunque no en dos años, sino en tres. Después realicé la ventajosa transacción de los pastos de Guadalcanal, extensión de veinte mil acres, que me arrendó el gobierno por novecientos noventa y nueve años mediante el pago de una suma nominal. Tuve en arriendo estas tierras exactamente noventa días. Después las cedí a una compañía por una suma más que respetable. Siempre era Otoo quien preveía las cosas y veía las ocasiones. Gracias a él realicé el desguace del Doncaster, que compré en una subasta por cien libras y me proporcionó una ganancia neta de tres mil. También fue idea de Otoo el negocio de la plantación de Savaí y la transacción de cacao de Upolu.
No navegábamos tanto como en los primeros tiempos. Mi situación económica era ya floreciente. Me casé y viví como un señor. Pero Otoo seguía siendo el de siempre. Iba por la casa y por la oficina con la pipa de madera, el torso cubierto por una camiseta que le había costado un chelín, y un lava-lava de cuatro chelines alrededor de su cintura. Yo le ofrecía dinero, pero él no lo aceptaba. La única compensación que admitía por lo mucho que había hecho por mí era que le devolviera con creces su afecto. Y bien sabe Dios que en esto le complacíamos holgadamente. Todos nosotros lo queríamos de veras. Los niños lo idolatraban y, si se hubiera dejado malcriar, no cabe duda de que mi esposa lo habría echado a perder.
¡Cómo adoraba a los niños! Él les enseñó a dar los primeros pasos en la vida, después de enseñarles a andar. Los cuidaba cuando estaban enfermos y, aún hacían pinitos, como suele decirse, cuando se los llevaba a la laguna para convertirlos en verdaderos anfibios. Llegaron a saber mucho más que yo acerca de las costumbres de los peces y del modo de pescarlos. Y en lo concerniente a la selva ocurrió lo mismo. A los siete años, Tom sabía sobre la caza y los bosques cosas que yo ni siquiera sospechaba que existiesen. A los seis años, Mary pasaba sobre la Roca Resbaladiza sin inmutarse, siendo así que yo había conocido a hombres hechos y derechos que no se atrevían a poner los pies en ella. Y en cuanto a Frank, al cumplir los seis años ya se sumergía a tres brazas de profundidad para recoger monedas.
-A mis paisanos de Borabora, todos cristianos, no les gusta la gente pagana. Y a mí no me gustan los cristianos de Borabora -me dijo un día en que yo, con el propósito de obligarlo a gastar parte del dinero que le pertenecía por derecho propio, trataba de convencerlo de que hiciera una visita a su isla natal en una de nuestras goletas, un viaje organizado exclusivamente para él y en el que yo estaba decidido a gastar el dinero a manos llenas.
Aunque he dicho una de «nuestras» goletas, a la sazón todos los barcos eran exclusivamente míos, por lo menos legalmente, a pesar de que había hecho denodados esfuerzos para que aceptase ser mi socio.
Al fin, un día me dijo:
-Hemos sido socios desde el día en que la Petite Jeanne se fue a pique, pero nos asociaremos ante la ley si así lo desea tu corazón. Yo no tengo nada que hacer, pero gasto mucho. Bebo, como, fumo sin parar…, en fin, que soy un manirroto. Al billar juego de balde porque utilizo tu mesa, pero esto no impide que tenga mis gastos. La pesca en el arrecife es un pasatiempo para ricos. Los anzuelos y el sedal de algodón están por las nubes. Sí, es preciso que nos asociemos ante la ley. Necesito dinero. Se lo pediré al jefe de las oficinas.
Entonces firmamos los documentos del caso en la notaría. Al año siguiente, no pude por menos de quejarme de su proceder.
-Charley -le dije-, eres un viejo trapacero, un miserable avaro, un roñoso cangrejo de tierra. Los beneficios que te corresponden este año como socio de nuestra empresa ascienden a miles de dólares, y, según una nota que me acaba de entregar el jefe de nuestras oficinas, tú sólo has retirado ochenta y siete dólares con veinte centavos.
-¿De modo que aún me deben dinero? -preguntó ansiosamente.
-Miles y miles de dólares, ya te lo he dicho.
Su semblante se iluminó como si sintiese un inmenso alivio.
-¡Magnífico! -exclamó-. Cuídate de que el jefe de la oficina lleve bien las cuentas. Cuando retire mi dinero, no quiero que falte ni un centavo. Si falta -añadió con expresión feroz, tras una pausa-, tendrá que ponerlo el jefe de su sueldo.
Yo no sabía entonces -me enteré más tarde- que su testamento, hecho ante Carruthers, y en el que me nombraba su único heredero, estaba depositado ya en la caja de caudales del consulado americano.
Pero como todo se acaba en este mundo, nuestra íntima amistad terminó un día. El final ocurrió en las islas Salomón, escenario de nuestras más locas aventuras en los turbulentos años de nuestra juventud. Ahora fuimos en viaje de recreo, pero también para visitar nuestras propiedades de la isla Florida y ver las posibilidades que había de pescar perlas en el Paso de Mboli. Estábamos fondeados en Savu, donde habíamos desembarcado para comprar algunas curiosidades y recuerdos.
Las aguas de Savu están infestadas de tiburones. La costumbre indígena de lanzar los muertos al mar atrae cantidades ingentes de estos voraces escualos a aquellas aguas. Tuve la mala suerte de regresar a bordo en una diminuta canoa de las que usan aquellos nativos, inestable embarcación que volcó, debido al exceso de carga. Íbamos en ella cuatro indígenas y yo, y nos quedamos en el agua los cinco, aferrándonos desesperadamente a la canoa volcada. La goleta se hallaba a un centenar de metros aproximadamente. Yo pedía a gritos que nos enviasen un bote. De pronto, uno de los indígenas lanzó un alarido. Se asió con todas sus fuerzas a un extremo de la canoa, desapareció varias veces bajo la superficie, haciendo cabecear la embarcación, y, al fin, se hundió definitivamente. Un tiburón se lo había llevado.
Los otros tres indígenas trataron de encaramarse a la quilla de la canoa. Yo los apostrofé y golpeé con el puño al que tenía más cerca, mientras lo colmaba de maldiciones, pero fue inútil. Estaban muertos de miedo. La canoa no habría podido sostener ni siquiera a uno. Bajo el peso de los tres, se hundió y dio la vuelta, arrojándolos de nuevo al agua.
Entonces yo dejé la canoa y empecé a nadar hacia la goleta, con la esperanza de que me recogiese el bote por el camino. Uno de los indígenas decidió acompañarme, y ambos nadamos juntos y en silencio. De vez en cuando introducíamos la cabeza en el agua para ver si había tiburones por los alrededores. Los gritos de los hombres que se habían quedado en la canoa nos hicieron comprender que habían sido atacados. Cuando escudriñaba las profundidades, vi pasar un enorme tiburón exactamente por debajo de mí. Tenía casi cinco metros de largo. No perdí detalle de lo que entonces sucedió. El escualo apresó al indígena por la cintura y se lo llevó a flor de agua, mientras el pobre diablo asomaba la cabeza, los hombros y los brazos, lanzando gritos desgarradores. El tiburón lo llevó a rastras muchos metros por la superficie y, finalmente, desapareció con él debajo del agua.
Yo seguía nadando frenéticamente, con la esperanza de que no hubiese más tiburones por las cercanías. Pero había uno. No sé si era el mismo que había atacado antes a los indígenas, u otro que ya había conseguido una buena pitanza en otro lugar. Lo cierto era que no demostraba la acometividad de sus hermanos. Yo ya no nadaba tan de prisa; me lo impedía la atención que tenía que prestar al merodeador. Lo estaba mirando cuando realizó su primer ataque. Tuve la suerte de poder atenazarle el morro con ambas manos, y, aunque su acometida me hizo bucear momentáneamente, conseguí esquivarlo. Él dio media vuelta y empezó a describir nuevos círculos a mi alrededor. Logré eludir su ataque por segunda vez mediante la misma maniobra, y el tercero fue un fracaso para los dos. El animal se desvió en el mismo instante en que yo iba a cogerlo por el morro, pero su piel, áspera como el papel de lija, me desolló un brazo desde el codo hasta el hombro, ya que de cintura arriba me cubría únicamente con una camiseta sin mangas.
Pero me sentía exhausto y perdí toda esperanza. La goleta se hallaba aún a sesenta metros por lo menos. Con la cabeza sumergida, observaba al escualo que se disponía a atacar de nuevo, cuando un cuerpo moreno se interpuso entre ambos. Era Otoo.
-¡Nada hacia la goleta, patrón! -me dijo. Y lo curioso es que hablaba alegremente, como si aquello le divirtiera-. Yo conozco a los tiburones. Son como hermanos míos.
Le obedecí y seguí nadando lentamente; mientras Otoo daba vueltas a mi alrededor, interponiéndose constantemente entre el tiburón y mi cuerpo, desviando sus ataques y dándome ánimos.
-El aparejo del pescante se ha desprendido y están arreglando las betas -me explicó poco después, antes de zambullirse para repeler un nuevo ataque.
Cuando me encontraba a menos de diez metros de la goleta ya no podía con mi alma. Apenas tenía fuerzas para moverme. Desde la embarcación nos arrojaban cabos, pero no nos alcanzaban. El tiburón, al ver que no le hacíamos ningún daño, se había envalentonado. Varias veces estuvo a punto de atraparme, pero siempre llegó Otoo a tiempo para salvarme. Por supuesto, Otoo se habría podido salvar fácilmente, pero no me quería abandonar.
-¡Adiós, Charley! -pude decir-. ¡Ya no puedo más!
Sabía que había llegado mi último momento y que, transcurridos unos segundos, levantaría los brazos y me hundiría como una piedra.
Pero Otoo se echó a reír y me dijo:
-Ahora verás qué jugarreta. Menudo susto le voy a dar a ese tiburón.
Y se zambulló a mis espaldas, cuando el tiburón se disponía a lanzarse sobre mí.
-¡Un poco más a la izquierda! -gritó al emerger-. ¡Ahí tienes una cuerda! ¡A la izquierda, patrón, a la izquierda!
Cambiando de rumbo, braceé desesperadamente. Apenas sabía ya lo que hacía. Cuando mi mano se cerró en torno a la cuerda, oí gritos a bordo. Me volví para mirar adonde estaba Otoo y ya no vi ni rastro de él. Un momento después salió a flote. Tenía ambas manos cercenadas por la muñeca, y de los muñones brotaba la sangre a raudales.
-¡Otoo! -me dijo con voz queda. Y en su mirada leí el mismo amor que temblaba en su voz.
Sólo entonces, al final de nuestros años de hermandad, me llamó por su nombre.
-¡Adiós, Otoo! -me dijo.
Luego desapareció bajo la superficie y yo fui izado a bordo, donde me desmayé en brazos del capitán.
Así murió Otoo, mi salvador. Hizo de mí un hombre y, finalmente, me salvó la vida por segunda vez. Nos conocimos en las fauces de un huracán y nos separamos ante las fauces de un tiburón. Vivimos diecisiete años en una camaradería que no creo que haya existido jamás entre un hombre blanco y uno de piel oscura. Si Yavé, desde su altísimo trono, ve morir hasta al más humilde gorrión, no cabe duda de que habrá acogido en su reino a Otoo, el único pagano de Borabora.
LA NOCHE BOCA ARRIBA
JULIO CORTÁZAR
Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser
tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el
portero de al lado le permitía guardarla.
En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba.
El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y —porque
para sí mismo, para ir pensando, no
tenía nombre— montó en la máquina saboreando
el paseo. La moto ronroneaba
entre sus piernas, y un viento
fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie
de comercios con brillantes vitrinas de la calle central.
Ahora entraba en la parte
más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco
tráfico y amplias villas que dejaban
venir los jardines hasta
las aceras, apenas demarcadas por setos bajos.
Quizá algo distraído, pero corriendo sobre la
derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por
la leve crispación de ese
día apenas empezado. Tal
vez su involuntario relajamiento le
impidió prevenir el accidente.
Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba
a la calzada a pesar de las luces verdes,
ya era tarde para las soluciones
fáciles. Frenó con el pie y la mano,
desviándose a la izquierda;
oyó el grito de la mujer, y junto
con el choque perdió la
visión. Fue como
dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres
jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre,
le dolía una rodilla, y cuando lo alzaron gritó, porque no podía
soportar la
presión en el brazo
derecho. Voces que
no parecían pertenecer a las caras suspendidas
sobre él, lo alentaban con
bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la
confirmación de que había estado en su derecho al
cruzar la esquina.
Preguntó por la mujer,
tratando de dominar la
náusea que le ganaba la
garganta. Mientras lo llevaban
boca arriba a una farmacia próxima, supo que la causante del
accidente no tenía más
que rasguños en las piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe
le hizo saltar la máquina
de
costado.» Opiniones,
recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien
con guardapolvo dándole a beber un
trago que lo alivió en
la penumbra de una pequeña farmacia
de barrio.
La ambulancia policial
llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla
blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez,
pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock
terrible, dio sus señas
al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía;
de una cortadura en la ceja
goteaba sangre por toda la cara.
Una o dos veces se lamió
los labios para beberla. Se sentía
bien, era un accidente,
mala suerte; unas semanas
quieto y nada
más. El vigilante le dijo
que la motocicleta
no parecía muy estropeada.
«Natural —dijo él—. Como que me la ligué encima...» Los dos se rieron, y el vigilante le dio la mano al
llegar al hospital y le deseó buena suerte.
Ya la náusea volvía poco a poco; mientras
lo llevaban en una
camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron
largo rato en una pieza con
olor a hospital, llenando una ficha,
quitándole la ropa
y vistiéndolo con una camisa
grisácea y dura. Le movían
cuidadosamente el brazo, sin
que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si
no hubiera sido por las
contracciones del estómago se
habría sentido muy bien,
casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte
minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho
como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones.
Alguien de blanco,
alto y delgado, se le acercó
y se puso a mirar la radiografía.
Manos de mujer le acomodaban
la cabeza, sintió que lo pasaban
de una camilla a otra. El
hombre de blanco
se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en
la
mano derecha. Le
palmeó una mejilla
e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano,
ya que a la izquierda de
la calzada empezaban las
marismas, los tembladerales
de donde no volvía nadie.
Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia
compuesta y oscura como la noche
en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía
que huir de los aztecas
que andaban a caza de hombre,
y su única probabilidad era la
de esconderse en lo más
denso de la selva, cuidando de no apartarse
de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se rebelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego.
«Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra
atravesado en su ceñidor
de lana tejida. Un sonido
inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba
el miedo. Esperó, tapado por las
ramas de un arbusto y la noche
sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran
lago, debían estar ardiendo fuegos de
vivac; un resplandor rojizo
teñía esa parte del
cielo. El sonido
no se repitió. Había sido como una
rama quebrada. Tal vez un
animal que escapaba
como él del olor de
la guerra. Se enderezó
despacio, venteando. No se oía
nada,
pero el miedo
seguía allí como el olor,
ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir,
llegar al corazón de
la selva evitando las
ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante
para tocar el suelo
más duro de la calzada, dio
algunos pasos. Hubiera
querido echar a correr, pero
los tembladerales palpitaban a su lado. En
el sendero en tinieblas,
buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada
horrible del olor que más temía,
y saltó desesperado hacia adelante.
—Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de al
lado—. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde,
con el sol ya bajo
en los ventanales de la larga
sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó
casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo,
enyesado, colgaba de
un aparato con pesas
y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo
kilómetros, pero no querían
darle mucha agua, apenas para mojarse los
labios y hacer un
buche. La fiebre
lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra
vez pero saboreaba el placer
de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo
de los otros enfermos, respondiendo de cuando
en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito
blanco que pusieron al
lado de su cama, una enfermera
rubia le frotó con alcohol la cara anterior del
muslo y le clavó
una gruesa aguja con un tubo
que subía hasta un frasco
de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de
metal y cuero que
le ajustó al brazo sano
para
verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre
lo iba arrastrando blandamente a
un estado
donde las cosas
tenían
un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar
viendo una película aburrida y pensar que
sin embargo en la calle
es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil.
Un trocito de pan, más
precioso que todo un
banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo
no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una
punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de
un azul oscuro, pensó que no le iba a ser
difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas,
pero al pasarse la lengua
por los labios resecos y calientes sintió el sabor
del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba
corriendo en plena
oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado
de copas de
árboles era menos
negro que el resto.
«La calzada —pensó—. Me salí de
la calzada.» Sus pies se hundían en
un colchón de hojas
y barro, y ya no podía
dar un paso sin que las ramas de los arbustos
le azotaran el torso
y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de
la oscuridad y el silencio,
se agachó para escuchar. Tal vez la
calzada estaba cerca, con la primera luz
del día iba a verla otra vez. Nada podía
ayudarlo ahora a encontrarla.
La mano que sin saberlo él
aferraba el mango
del puñal, subió como el
escorpión de los pantanos
hasta su cuello, donde colgaba el amuleto
protector. Moviendo apenas los
labios musitó la
plegaria del maíz
que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la
dispensadora de los
bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos
se le estaban hundiendo despacio en el barro,
la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía
insoportable. La guerra
florida había empezado con la luna y llevaba
ya tres días y tres noches. Si
conseguía refugiarse en lo profundo
de la selva, abandonando la calzada más allá de
la región de las ciénagas, quizás
los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en los muchos
prisioneros que ya habían hecho, pero la cantidad no contaba,
sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del
regreso. Todo tenía su número y su fin, y él
estaba dentro del tiempo
sagrado, del otro
lado de los cazadores.
Olió los gritos y se enderezó de
un salto, puñal en mano.
Como si el cielo se incendiara
en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las
ramas, muy cerca.
El olor a guerra era insoportable,
y cuando el primer
enemigo le saltó al
cuello casi sintió
placer en hundirle la
hoja de piedra en pleno
pecho. Ya lo rodeaban las
luces, los gritos alegres. Alcanzó
a cortar el aire
una o dos veces, y entonces
una soga lo atrapó
desde atrás.
—Es la fiebre —dijo el de la
cama de al lado—. A mí me pasaba igual cuando me operé
del duodeno.
Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un
diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin
ese acoso, sin... Pero no quería
seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse.
Se puso a mirar el yeso
del brazo, las poleas que
tan cómodamente se lo sostenían en
el aire. Le habían
puesto una botella de
agua mineral en la mesa de noche. Bebió
del gollete, golosamente.
Distinguía ahora las formas
de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas.
Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía
apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel,
sacando la moto.
¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento
del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un
hueco, un vacío
que no alcanzaba a rellenar. Entre
el choque y el momento en
que lo habían levantado del
suelo, un desmayo
o lo que fuera no le dejaba
ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación que ese hueco,
esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo,
más bien como si en ese hueco
él hubiera pasado a través de algo o
recorrido distancias inmensas. El choque,
el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir
del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban
del suelo. Con el dolor
del brazo roto, la sangre de
la ceja partida, la
contusión en la rodilla;
con todo eso, un alivio
al volver al día y sentirse
sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría
alguna vez al médico de
la oficina. Ahora volvía a ganarlo el
sueño, a tirarlo despacio
hacia abajo. La almohada era
tan blanda, y en su garganta
afiebrada la frescura
del agua mineral. Quizá
pudiera descansar de veras,
sin las malditas pesadillas.
La luz violeta de la lámpara
en lo alto se iba apagando
poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el
olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones,
le cerró la garganta y lo obligó a comprender.
Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones;
lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió
las sogas en las muñecas
y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso
de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba
la espalda desnuda, las piernas.
Con el mentón buscó torpemente el contacto con su
amuleto, y supo que se
lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria
podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las
piedras del calabozo,
oyó los atabales de
la fiesta. Lo habían
traído al teocalli, estaba en las mazmorras
del templo a la espera de
su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del
final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras,
y en los que ascendían ya los peldaños del
sacrificio. Gritó de
nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas
agarrotadas y a la vez como si
fueran de goma y se abrieran
lentamente, con un esfuerzo interminable.
El chirriar de los cerrojos
lo sacudió como un látigo.
Convulso, retorciéndose, luchó por
zafarse de las cuerdas que
se le hundían en la carne. Su
brazo derecho, el más fuerte,
tiraba hasta que el dolor se
hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio
abrirse la doble
puerta, y el olor de las antorchas
le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos
de los sacerdotes se le
acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban
en los torsos sudados, en
el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas
y en su lugar lo
aferraron manos calientes,
duras como bronce; se sintió
alzado, siempre boca
arriba, tironeado por los cuatro
acólitos que lo llevaban por
el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante,
alumbrando vagamente el corredor de
paredes mojadas y techo tan
bajo que los acólitos debían agachar la cabeza.
Ahora lo llevaban, lo
llevaban, era el final. Boca
arriba, a un metro
del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con
un reflejo de antorcha. Cuando
en vez de techo nacieran las estrellas y se alzara
frente a él la escalinata
incendiada de gritos y danzas,
sería el fin. El
pasadizo no acababa
nunca, pero ya iba a
acabar, de repente olería el
aire lleno de estrellas,
pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería,
pero cómo impedirlo si le habían
arrancado el amuleto
que era su verdadero
corazón, el centro de
la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a
la sombra
blanda que lo rodeaba.
Pensó que debía haber gritado, pero
sus vecinos dormían callados. En la mesa
de noche, la botella de
agua tenía algo de burbuja, de
imagen traslúcida contra la sombra
azulada de los ventanales.
Jadeó, buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que
seguían pegadas a sus párpados.
Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba
aterrado pero gozando a la
vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia
lo protegía, que pronto iba
a amanecer, con el buen sueño
profundo que se tiene
a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba
mantener los ojos
abiertos, la modorra
era más fuerte que
él. Hizo un último
esfuerzo, con la mano
sana esbozó un gesto
hacia la botella de agua;
no llegó a tomarla, sus dedos
se cerraron en un vacío otra
vez negro, y el pasadizo
seguía interminable, roca tras roca,
con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba
a acabarse, subía, abriéndose
como una boca de sombra
y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna
menguante le cayó en la cara
donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y se abrían buscando pasar
al otro lado, descubrir de nuevo
el cielo raso protector de la sala.
Y cada vez que se abrían
era la noche y la luna mientras lo
subían por la escalinata, ahora con la cabeza
colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras,
las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que
chorreaba, y el vaivén
de los pies del sacrificado
que arrastraban para tirarlo
rodando por las escalinatas del norte. Con una última
esperanza apretó los
párpados, gimiendo por despertar.
Durante un segundo
creyó que lo lograría,
porque otra vez estaba
inmóvil en la cama, a
salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte,
y cuando abrió los ojos
vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo
de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados,
aunque ahora sabía que no iba a despertarse,
que estaba despierto, que el sueño maravilloso
había sido el otro, absurdo como todos los sueños;
un sueño en el que había
andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa,
con luces verdes y rojas que ardían
sin llama ni humo, con
un enorme insecto de metal que
zumbaba bajo sus piernas.
En la mentira de ese sueño
también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en
la mano, a él tendido
boca arriba, a él boca arriba
con los ojos cerrados
entre las hogueras.
F I N
Título
Original: La Noche Boca Arriba.
Digitalización,
Revisión y Edición Electrónica de Arácnido.
Revisión
3.
La Roca en el Camino
POPOL VUH (RESUMEN)
Como deseaban ser reconocidos y adorados por su creación, aquellos dioses primigenios volvieron a reunirse y consultaron a los abuelos; el abuelo del día y la abuela del alba; El Antiguo Secreto y La Antigua Encantadora; estos arrojaron tzité y maíz para conocer la suerte y así supieron que tenían que crear a hombres y mujeres de madera; y lo hicieron; los creadores poblaron al mundo de hombres y mujeres de madera que se engendraron y crearon hijos e hijas pero no eran ni inteligentes ni sabios; que hablaban, pero que no recordaban ni invocaban ni adoraban a sus creadores, solo vivían una existencia egoísta; de manera que tuvieron que ser destruidos.
Desde el principio estos seres dieron muestras de inteligencia y según el autor, aun cuando la tierra seguía sumergida en tinieblas ellos tenían la capacidad de ver lo que aún no era revelado. Estos cuatro seres eran Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iquí Balam.
De manera que los creadores se volvieron a reunir y determinaron que los hombres, sus creaciones, solo podrían entender lo que estaba cerca de sus sentidos pero nada más y que de esta manera no podrían nunca llegar a ser más sabios que ellos, los dioses originales.
El autor después nos dice que los hombres emprendieron un viaje a una tierra prometida; para comenzar el viaje los dioses le dieron el fuego a la tribu de Balam Quitze, sin embargo el resto de las tribus también lo pidieron, los dioses a través de Tojil les preguntaron que estarían dispuestos a entregar; ellos ofrecieron todo tipo de regalos y piedras preciosas, los dioses no aceptaron, en cambio les pidieron la vida, la tribu aceptó y como compensación a ese acto de humildad les fue devuelto el fuego sin necesidad de entregar la vida.
Posteriormente el autor nos habla de algunas aventuras desafortunadas en las que los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué enfrentaron y asesinaron a algunos humanos presuntuosos que pretendían ser dioses hasta que por fin un día decidieron labrar la tierra, ellos arreglaron todo para la milpa pero por la noche el campo fue destruido. Desesperados, la noche siguiente esperaron a ver que sucedía y descubrieron que un ratón llegaba a destruir la tierra, lo atraparon y el roedor les confesó que su abuela guardaba objetos muy especiales que no quería que ellos conocieran ni utilizaran pues temía que corrieran la misma suerte que sus padres. Se trataba de los accesorios para el juego de pelota.
Ixbalanqué se puso muy triste, así que le pidió ayuda a algunos animales para rescatar la cabeza de su hermano durante el juego de pelota de los señores del Xibalbá y así lo hicieron lo animales para que Ixbalanqué pudiera recuperar la cabeza de su hermano, colocarla en el cuerpo y devolverle la vida, después de revivir Hunahpú ambos gemelos salieron de aquel territorio.
EL MATADERO
ESTEBAN ECHEVERRÍA
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LA CELESTINA
Género y corriente: Drama novelesco, renacentista.
Estructura: Consta de 21 actos (la primera versión sólo contenía 16) divididos en numerosas escenas.
Sinopsis: Calisto, joven de noble linaje, entra en el jardín de la hermosa Melibea persiguiendo a uno de sus halcones de caza. Al verla se enamora de ella y-le declara su amor, pero la joven lo rechaza. El desdeñado Calisto se retira a su casa lleno de angustia, se lamenta de su mala fortuna y confía a su criado Sempronio la causa de sus sufrimientos. Éste se ofrece a traerle "a una vieja llamada Celestina, hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay, que a las duras peñas conmoverá y provocará a lujuria, si quisiere" y que, en cuestiones de amor, sabe dominar las voluntades rebeldes. Calisto acepta. Sempronio va en busca de Celestina, en cuya casa vive Elicia, amante del criado, y refiere a la vieja alcahueta los deseos de su amo, conviniendo con ella en repartirse los frutos de la esplendidez con que seguramente Calisto pagará sus oficios.
Mientras tanto, otro criado del joven enamorado, el fiel Pármeno, intenta disuadirlo de recurrir a las artes de Celestina, cuyas trapacerías, habilidades y andanzas conoce muy bien: "Mala mujer, experta en todos los engaños, astuta, simuladora, y siempre pronta a favorecer el vicio y a lanzar a sus víctimas al deshonor, con tal de ganar dinero". Pero sólo consigue enojar a su amo.
Cuando la vieja llega a casa de Calisto, comprende de inmediato que en Pármeno tiene un enemigo y procura desarmarlo contándole cómo la madre de él ejercía la misma profesión que ella.
Más tarde, Celestina se lo atrae "con anzuelo de codicia y de deleite", pues le ofrece participación de lo que su amo dé para pagar sus servicios y le promete conseguirle los favores de la hermosa Areusa, prima de Elicia y también pupila de la vieja. Con ello lo hace cómplice de sus fines.
Celestina llega fácilmente a un acuerdo con Calisto. Como anticipo recibe cien monedas de oro, y de inmediato pone manos a la obra. Munida de unas madejas de hilo que ha hechizado, se dirige a casa de Melibea con intención de vendérselas para que "quede de tal manera enredada, que cuanto más las mire, tanto más su corazón se ablande, y se le abra y lastime de fuerte amor de Calisto, tanto que, despedida toda honestidad, se confíe a mí y me galardone mis pasos y mensaje". El diálogo entre Celestina y Melibea es un prodigio de psicología femenina. La sagaz medianera, viendo que no logra su propósito por el camino del amor, lo consigue por el de la compasión.
Celestina prepara hábilmente el terreno y convence a Melibea, ya enamorada de Calisto, para que otorgue una cita al mancebo, entrevista que tendrá lugar a las doce de la noche.
Calisto premia a Celestina por sus oficios regalándole una gran cadena de oro, y a la hora señalada se dirige a casa de Melibea. Los jóvenes se declaran su mutua pasión y, cuando se despiden, acuerdan verse a la misma hora de la noche siguiente. Calisto escalará la tapia del jardín y Melibea lo recibirá en su alcoba.
Cuando Sempronio y Pármeno reclaman a Celestina su parte en las dádivas de Calisto, la vieja se niega al reparto y ellos entonces promueven un altercado y la apuñalan.
Luego, ambos huyen, la justicia los prende y al día siguiente son decapitados en la plaza pública. Calisto se duele de la pérdida de sus servidores y de Celestina, pero igualmente acude a la cita de Melibea, escala el muro del jardín y ella lo recibe en su recámara, según lo prometido, y permanece en su compañía hasta el amanecer; pero al descender el mancebo cae de la escala y se mata.
Cuando Melibea se entera de la terrible desgracia, se arroja desde lo alto de una torre de la casa, pero antes confiesa a su padre su apasionado amor por Calisto y su dolor: "¡Cortaron las hadas sus hilos, cortáronle sin confesión su vida, cortaron mi esperanza, cortaron mi gloria, cortaron mi compañía!", declara su deshonra y pide ser sepultada junto a su amado.
La obra termina con el "grandísimo" llanto y las lamentaciones de Pleberio, padre de Melibea, quien cuenta a Alisa, su esposa, la muerte de su hija, mostrándole su cuerpo "todo hecho pedazos".
Es La Celestina, compuesta entre 1496 y 1499, una obra representativa del mundo medieval y renacentista. En ella se fusionan la sensualidad y los valores espirituales del amor en el doble plano del instinto y la pureza que se da en Calisto y Melibea, la idealidad y el realismo, el lenguaje culto y el popular, todo ello características lógicas del cruce de dos siglos, de dos épocas y de dos tendencias.
Lo que más impresiona de la obra es su rigurosa madurez y plenitud, no sólo con relación a la lengua, sino con toda su circunstancia libre de artificios y convencionalismos formales sobre la humana naturaleza —personajes literariamente íntegros y plenos, mundo de pasión concreto y real—, a la cual presenta con toda la complejidad y contradicciones que ella entraña. Es el fruto de una experiencia vital, de aguda psicología y observación de la realidad. Por eso, el propósito moral que persigue la obra se desprende tanto del fin —la muerte como castigo que hallan los protagonistas, Celestina, Calisto, Melibea, Pármeno, Sempronio—, como de las propias palabras del autor al comienzo de la comedia "compuesta en reprensión de los locos enamorados, que vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dicen ser su dios. Asimismo, echa en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes."
POEMA DEL MIO CID
http://www.caminodelcid.org/Camino_Sinopsisargumental.aspx
EDIPO REY

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